Amor al poder…
jueves, 10 de noviembre de 2011
, Posted by Unknown at 1:52:00 p. m.
Debo comenzar este post haciendo las excepciones pertinentes, porque es común que cuando se intenta elaborar alguna hipótesis, sobre todo cuando resulta incómoda para algunos, las críticas se disparan y masifican en niveles casi insospechados. Así que empiezo avisando que esta tesis no se aplica a todas las personas, y que conforme se vaya avanzando en la exposición se establecerán los paréntesis pertinentes para las aclaratorias.
Nuestra generación, en la que me incluyo por contar con 25 años hasta hoy, es la heredera de la generación de la antipolítica. A la vez somos nietos y bisnietos de la generación de la política (abuelos) y de la explosión demográfica (bisabuelos). Quede claro que el primer grupo que puede quedar excluido de nuestra explicación son aquellos jóvenes de ésta generación de padres con edad avanzada quienes pueden pertenecer a la generación política, al resto hay que filtrarlo de otra manera.
En primer lugar, nuestros bisabuelos, naturales y emigrados a tierras venezolanas, durante los años 30, 40, y 50 tenían características muy peculiares en el campo de su profesión y formación. Generalmente con poca formación académica, llegan a las ciudades del país (desde el interior, o el extranjero) con poco o ningún interés en la política y muchas ganas de mejorar sus condiciones de vida en esta nueva frontera. Las condiciones de la época promovieron la llegada de ellos, los sucesivos gobiernos luego de Juan Vicente Gómez tuvieron puertas abiertas para las movilizaciones de personas, y las ciudades comenzaron a poblarse más y más.
Con la llegada de nuestros bisabuelos comienza también la mejora en los mecanismos de control de enfermedades y las amplias políticas de sanidad que comenzaron a implantarse desde los años 30 cobraron cada vez más el carácter de universalización con el pasar de los años. Esto fue incidiendo de forma importante en las tasas de natalidad y morbilidad de nuestro país. Cada vez había más personas, que cada vez tenían más hijos, que cada vez sobrevivían más. La costumbre y modernidad se fusionaron y el resultado fue el crecimiento importante de la población que veríamos posteriormente.
Para esa generación la política no era demasiado importante y la mayoría de las personas no se hallaba educada en el sentido de que su aspiración personal era hacerse partícipe de la estructura del Estado venezolano. No eran antipolíticos, algunos inmigrantes lo fueron, pero para los bisabuelos, la política no era el centro de sus vidas. Asimismo, la clase política de entonces, bastante más reducida de lo que se piensa generalmente tuvo las posibilidades de constituirse en lo que sería nuestra primera clase media asociada al Estado moderno.
Junto a ella llegarían los primeros autos, los ascensores, las carreteras de concreto y asfalto, e igualmente los estudios en el extranjero a un grupo mayor de jóvenes, distintos a los de la tradicional clase alta venezolana, y con ello se constituyó también la preparación de nuestra generación política, es decir, la de nuestros abuelos.
Nuestros abuelos son más parecidos a nosotros de lo que pensamos, para ellos la política fue una preocupación mayor, y con el cambio de régimen después del perezjimenismo, una ocupación. Muchos ejemplos abundan, de abuelos que en sus años mozos fueron partícipes del proceso de democratización que vivieron los venezolanos luego de enero de 1958. Unos militantes de carrera, otros colaboradores esporádicos, pero casi todos tuvieron alguna conexión con los dirigentes del cambio. Resulta que para entonces muchos de los que son hoy nuestros abuelos entran por capacidades o contacto a hacer vida dentro de la estructura del Estado (evidentemente de aquí se excluye a miles de inmigrantes y nacionales que mantuvieron la actitud de sus padres y se abocaron “sólo a sus negocios”).
La enseñanza se multiplicó, y más personas tuvieron acceso a la formación que se presentaba como la solución clave para mejorar la calidad de vida y el progreso en general. Se graduaron más licenciados que nunca: ingenieros, doctores, abogados, arquitectos, economistas, etc. Y nuestras universidades antiguas se amplían, otras estatales aparecen. Dado que la formación estaba en poder estatal (salvo contadas excepciones), la formación obtenida respondía, necesariamente a los intereses de las élites académicas, pero no son nuestros abuelos los que se formaron bajo este tipo de enseñanza, sino nuestros padres, por lo que este aspecto puede descansar un momento. Nos interesa indagar en la relación de la generación política.
Quienes vivieron los años posteriores a 1958 en edades cercanas a los 20 años se formaron bajo el sistema anterior, pero tenían intereses distintos a los de sus padres, la “atmósfera” nacional había cambiado y en 1958 los venezolanos despertaron al ruido de las consignas democráticas y la efervescencia política que siguió. Nuestros abuelos son los primeros en darse cuenta de que los tiempos habían cambiado, y que ellos estaban, quisieran o no, dentro de ese cambio.
La nueva etapa va asociada a una mayor apertura política, como nunca parece haberse conocido en Venezuela. Partidos y figuras políticas hacen presencia junto al resto de los conglomerados empresariales, gremiales y laborales. De repente todo se sindicaliza y unifica, y los grupos de interés muestran la amplia gama de posibilidades que el sistema ofrece al colectivo, pero especialmente a los que se relacionan en mayor medida con las élites dirigentes.
Trabajar para el Estado se hizo más común, y en muchos casos fácil, bastando sólo la recomendación de una figura política que abre todas las puertas. Nuestros abuelos serán los primeros pensionados, jubilados, etc., en los sistemas estatales universales, y la mayoría no cumplieron los aportes necesarios para serlo (lo cual es otro tema). De esta realidad no escaparon muchos “apolíticos”, puesto que con las protecciones y estímulos a la industria, muchos fueron beneficiados (otros simplemente aprovecharon contactos para garantizarse los contratos adecuados junto al Estado nacional que promovía obras públicas pujantemente).
Un efecto que pasó desapercibido es que por la ampliación de las funciones y el tamaño del Estado, se generó una mayor demanda de profesionales en áreas requeridas para el funcionamiento burocrático-administrativo estatal. Proliferaron los incentivos para estudiar carreras afines a las funciones del Estado, la empresarialidad no era un objetivo en la formación, la empleabilidad sí. Pero esto no afectó a nuestros abuelos, porque abundó el empleo en general, para capacitados, y no capacitados.
Son nuestros abuelos los que vivieron laboralmente la edad dorada de la democracia venezolana, padres de nuestros padres. Con el nivel de universalización en que estaban los sistemas públicos de entonces, nada parecía demasiado preocupante para nuestros padres. La educación que tuvieron fue más generalizada que nunca, y llegan a los años 80 en medio de la ilusión de opulencia que se fracturará con la devaluación y el agotamiento del modelo político-económico postdictadura.
Nuestros padres se educan y son profesionales, pero verán en la política ese fantasma del fracaso, de la Venezuela que fue y se arruinó, pero la culpa es de alguien, los gobernantes, apartando por supuesto a los cercanos que hacen su vida dentro del Estado. Asumirán con desprecio al poder, y en los 90s encontrarán el peldaño superior de este odio. Son nuestros padres y abuelos, no otros, los que llevarán a la presidencia a Hugo Chávez.
Quienes vivieron laboralmente los años 80 y 90 serán quienes nos leguen un país muy vapuleado, aquella promesa de lo que fue y no pudo ser por corruptos y políticos. Será ese desprecio compartido hacia el sector empresarial. Pero nuestros padres no tendrán de otra que adaptarse, y aprovechar su mayor nivel educativo para orientarse a sectores cercanos al sector privado. De igual forma, las reformas de finales de los 80 y principios de los 90s repelieron a miles de profesionales de ocupar cargos públicos. La percepción general es que la política no servía, y que los políticos tenían el coroto para ellos y los suyos nada más.
Por ello la presidencia de Chávez comienza polarizando pero no politizando a los jóvenes en desarrollo. Muchos de ellos durante la adolescencia se manifestarán opuestos a la política. Inclusive, cuando se genera la explosión del movimiento estudiantil, varios eslóganes mostraban tal actitud. Resulta que esta juventud, la nuestra, se encuentra ante un escenario que no eligió ni mucho menos esperaba. Herederos de la antipolítica de nuestros padres, por convicción y por empuje ajeno, nos vimos sumergidos en las vicisitudes del avance antidemocrático y destructivo que desde 1999 se ha intentado llevar adelante.
Educados de la mejor manera posible, entramos a colegios, liceos, institutos universitarios, etc., con la convicción de que estudiar nos hacía personas. Pero el avance destructivo de las políticas gubernamentales, más la pérdida de confianza en el futuro del país empujó a muchos jóvenes hacia estudios de carreras cuya demanda terminó siendo muy baja a la larga. Las políticas gubernamentales se encargaron de garantizar el empleo, pero dentro del Estado. Cualquiera puede trabajar en él, es el primer empleador, pero para ello hay que llenar una serie de requisitos no referidos al profesionalismo. La cuestión se había vuelto política, aunque no lo quisiéramos.
Con partidos políticos altamente golpeados, desarticulados y desacreditados, los estudiantes de varias universidades del país asumieron el liderazgo (por voluntad propia o ajena) de la imagen opositora al proyecto oficialista. Pero como se ha mencionado antes, esto era un retorno a lo político en parte obligado. He aquí el punto crucial de lo que vivimos hoy. El estudiante universitario abocado a la política, no todos, habita un entorno que le promueve una relación odio-amor con el poder político del país.
Comienza con odio, porque vivimos nuestra infancia y parte de la adolescencia bajo el discurso antipolítico de padres y abuelos desencantados, termina siendo amor porque internalizamos el otro discurso en el que somos los actores de transformación por excelencia y en el que se nos presenta como el único ingrediente necesario para que las cosas vayan bien. Lo joven, lo nuevo, es puro, inmaculado; es lo que le hace falta al país. Y los jóvenes compramos el discurso.
Dentro de las universidades, no sólo el discurso actúa, sino que se ve reforzado por la reactivación de la política universitaria frente a los intentos (y logros) por invadir un espacio que siempre se consideró como privilegio de los universitarios (y que otros en el poder nacional quieren obtener para sí, los suyos y su proyecto). El universitario metido en política vive de la magia electoral, cada año es una nueva oportunidad para catapultarse al reconocimiento y el bienestar. Siendo objetivos, la élite política universitaria es la más beneficiada de todas las élites en las universidades.
Así, se crea un grupo particularmente especializado en lo que a planeación e implementación de estrategias políticas se refiere. Pero la universidad no es el país, así que tarde o temprano los estudiantes-políticos deben salir de ella (titulados o no). Este grupo es absorbido por los partidos antes o después de partir de la universidad. Y el proceso político a lo interno se constituye en una plataforma, intencional o no, para proyectar futuros liderazgos.
Carentes de una sólida formación ideológica a raíz de la debacle de los partidos, y el desinterés de sus padres por la política, los primeros momentos de la generación actual fueron los de niños hiperactivos que luego comen demasiada azúcar. A través de aciertos y errores se aprendieron algunas cosas, pero eso no era lo fundamental. El joven universitario (y las jóvenes por igual), parece adolecer de una cierta infatuación por el poder. El poder como símbolo, pero también como praxis.
Sucede que este enamoramiento con el ejercicio del poder no necesariamente implica enamoramiento con la responsabilidad pública. Por supuesto, hay casos y casos de jóvenes abocados al ejercicio responsable del poder. Pero nos interesa particularmente la imagen que se creó, consciente e inconscientemente, alrededor del tema de la función pública. Y es que lo que caracteriza al joven interesado en política de hoy es que, parecidos a sus abuelos, ven la política con romance desde el punto aspiracional; asimismo, diferente a cualquier otra generación precedente, aspiran generalmente a hacer una carrera política dentro del Estado, con la convicción de que representan el cambio necesario y garantizado hacia algo mejor.
El Estado ha obrado su parte. Con su brega contra los sectores ajenos ha transformado nuestra economía cada vez más en lo que podemos llamar una “economía sin fines de lucro”, donde la respuesta más fácil es la creación de una fundación o asociación civil que encuentre financiamiento y le permita al joven profesional, graduado en alguna carrera promovida por el sistema educativo para la clase dirigente, encontrar un trabajo acorde a su interés social…el resto, a la administración pública en pro o contra del ejecutivo, pero a fin de cuentas en el sistema estatal.
Con cerca de un tercio del empleo dependiendo mediata o inmediatamente del Estado, con tendencia a la alza, y la progresiva destrucción de las empresas formales del país, podemos comenzar a concluir con que apenas se está observando los inicios del incremento de la demanda artificial por profesionales en carreras afines a la función gubernamental o sin fines de lucro. Esta demanda artificial solo puede generar un crecimiento en los empleos públicos cuya productividad, e incluso razón de existir, son bastante dudosas o insignificantes.
Los estudiantes de hoy no han hecho más que seguir los patrones de conducta acordes a las necesidades que se han manifestado en el mercado laboral: se han abocado a formarse en carreras rentables políticamente. Esta intervención estatal excesiva va a detonar en un futuro relativamente intermedio. Pero la confianza ciega que se ve, en muchos dirigentes jóvenes, acerca del futuro permite poner en duda lo que veremos en los próximos años. Pareciera ser que la noche de fiesta no va a acabar pronto. Muchos, enamorados del poder simbólico y concreto del que se han visto envueltos, no se preocupan de profundizar en la gravedad de lo que se avecina, confiando casi exclusivamente en el futuro gobernado por jóvenes.
En este sentido puedo concluir diciendo que nuestra generación surge de un contexto único, similar en aspectos a otros pero finalmente inigualables, en síntesis somos sociológicamente distintos. Venimos del rechazo y creemos dirigirnos a la Venezuela que nuestros abuelos saborearon pero no sostuvieron, solo que esta vez, embriagados del éxito, reconocimiento y admiración de coetáneos y predecesores, pensamos que la historia no se repetirá: que al Estado le falta nuestra buena intencionalidad y gerencia para que todo marche bien…para ello, en última instancia, únicamente hace falta alcanzar el poder.
Nuestra generación, en la que me incluyo por contar con 25 años hasta hoy, es la heredera de la generación de la antipolítica. A la vez somos nietos y bisnietos de la generación de la política (abuelos) y de la explosión demográfica (bisabuelos). Quede claro que el primer grupo que puede quedar excluido de nuestra explicación son aquellos jóvenes de ésta generación de padres con edad avanzada quienes pueden pertenecer a la generación política, al resto hay que filtrarlo de otra manera.
En primer lugar, nuestros bisabuelos, naturales y emigrados a tierras venezolanas, durante los años 30, 40, y 50 tenían características muy peculiares en el campo de su profesión y formación. Generalmente con poca formación académica, llegan a las ciudades del país (desde el interior, o el extranjero) con poco o ningún interés en la política y muchas ganas de mejorar sus condiciones de vida en esta nueva frontera. Las condiciones de la época promovieron la llegada de ellos, los sucesivos gobiernos luego de Juan Vicente Gómez tuvieron puertas abiertas para las movilizaciones de personas, y las ciudades comenzaron a poblarse más y más.
Con la llegada de nuestros bisabuelos comienza también la mejora en los mecanismos de control de enfermedades y las amplias políticas de sanidad que comenzaron a implantarse desde los años 30 cobraron cada vez más el carácter de universalización con el pasar de los años. Esto fue incidiendo de forma importante en las tasas de natalidad y morbilidad de nuestro país. Cada vez había más personas, que cada vez tenían más hijos, que cada vez sobrevivían más. La costumbre y modernidad se fusionaron y el resultado fue el crecimiento importante de la población que veríamos posteriormente.
Para esa generación la política no era demasiado importante y la mayoría de las personas no se hallaba educada en el sentido de que su aspiración personal era hacerse partícipe de la estructura del Estado venezolano. No eran antipolíticos, algunos inmigrantes lo fueron, pero para los bisabuelos, la política no era el centro de sus vidas. Asimismo, la clase política de entonces, bastante más reducida de lo que se piensa generalmente tuvo las posibilidades de constituirse en lo que sería nuestra primera clase media asociada al Estado moderno.
Junto a ella llegarían los primeros autos, los ascensores, las carreteras de concreto y asfalto, e igualmente los estudios en el extranjero a un grupo mayor de jóvenes, distintos a los de la tradicional clase alta venezolana, y con ello se constituyó también la preparación de nuestra generación política, es decir, la de nuestros abuelos.
Nuestros abuelos son más parecidos a nosotros de lo que pensamos, para ellos la política fue una preocupación mayor, y con el cambio de régimen después del perezjimenismo, una ocupación. Muchos ejemplos abundan, de abuelos que en sus años mozos fueron partícipes del proceso de democratización que vivieron los venezolanos luego de enero de 1958. Unos militantes de carrera, otros colaboradores esporádicos, pero casi todos tuvieron alguna conexión con los dirigentes del cambio. Resulta que para entonces muchos de los que son hoy nuestros abuelos entran por capacidades o contacto a hacer vida dentro de la estructura del Estado (evidentemente de aquí se excluye a miles de inmigrantes y nacionales que mantuvieron la actitud de sus padres y se abocaron “sólo a sus negocios”).
La enseñanza se multiplicó, y más personas tuvieron acceso a la formación que se presentaba como la solución clave para mejorar la calidad de vida y el progreso en general. Se graduaron más licenciados que nunca: ingenieros, doctores, abogados, arquitectos, economistas, etc. Y nuestras universidades antiguas se amplían, otras estatales aparecen. Dado que la formación estaba en poder estatal (salvo contadas excepciones), la formación obtenida respondía, necesariamente a los intereses de las élites académicas, pero no son nuestros abuelos los que se formaron bajo este tipo de enseñanza, sino nuestros padres, por lo que este aspecto puede descansar un momento. Nos interesa indagar en la relación de la generación política.
Quienes vivieron los años posteriores a 1958 en edades cercanas a los 20 años se formaron bajo el sistema anterior, pero tenían intereses distintos a los de sus padres, la “atmósfera” nacional había cambiado y en 1958 los venezolanos despertaron al ruido de las consignas democráticas y la efervescencia política que siguió. Nuestros abuelos son los primeros en darse cuenta de que los tiempos habían cambiado, y que ellos estaban, quisieran o no, dentro de ese cambio.
La nueva etapa va asociada a una mayor apertura política, como nunca parece haberse conocido en Venezuela. Partidos y figuras políticas hacen presencia junto al resto de los conglomerados empresariales, gremiales y laborales. De repente todo se sindicaliza y unifica, y los grupos de interés muestran la amplia gama de posibilidades que el sistema ofrece al colectivo, pero especialmente a los que se relacionan en mayor medida con las élites dirigentes.
Trabajar para el Estado se hizo más común, y en muchos casos fácil, bastando sólo la recomendación de una figura política que abre todas las puertas. Nuestros abuelos serán los primeros pensionados, jubilados, etc., en los sistemas estatales universales, y la mayoría no cumplieron los aportes necesarios para serlo (lo cual es otro tema). De esta realidad no escaparon muchos “apolíticos”, puesto que con las protecciones y estímulos a la industria, muchos fueron beneficiados (otros simplemente aprovecharon contactos para garantizarse los contratos adecuados junto al Estado nacional que promovía obras públicas pujantemente).
Un efecto que pasó desapercibido es que por la ampliación de las funciones y el tamaño del Estado, se generó una mayor demanda de profesionales en áreas requeridas para el funcionamiento burocrático-administrativo estatal. Proliferaron los incentivos para estudiar carreras afines a las funciones del Estado, la empresarialidad no era un objetivo en la formación, la empleabilidad sí. Pero esto no afectó a nuestros abuelos, porque abundó el empleo en general, para capacitados, y no capacitados.
Son nuestros abuelos los que vivieron laboralmente la edad dorada de la democracia venezolana, padres de nuestros padres. Con el nivel de universalización en que estaban los sistemas públicos de entonces, nada parecía demasiado preocupante para nuestros padres. La educación que tuvieron fue más generalizada que nunca, y llegan a los años 80 en medio de la ilusión de opulencia que se fracturará con la devaluación y el agotamiento del modelo político-económico postdictadura.
Nuestros padres se educan y son profesionales, pero verán en la política ese fantasma del fracaso, de la Venezuela que fue y se arruinó, pero la culpa es de alguien, los gobernantes, apartando por supuesto a los cercanos que hacen su vida dentro del Estado. Asumirán con desprecio al poder, y en los 90s encontrarán el peldaño superior de este odio. Son nuestros padres y abuelos, no otros, los que llevarán a la presidencia a Hugo Chávez.
Quienes vivieron laboralmente los años 80 y 90 serán quienes nos leguen un país muy vapuleado, aquella promesa de lo que fue y no pudo ser por corruptos y políticos. Será ese desprecio compartido hacia el sector empresarial. Pero nuestros padres no tendrán de otra que adaptarse, y aprovechar su mayor nivel educativo para orientarse a sectores cercanos al sector privado. De igual forma, las reformas de finales de los 80 y principios de los 90s repelieron a miles de profesionales de ocupar cargos públicos. La percepción general es que la política no servía, y que los políticos tenían el coroto para ellos y los suyos nada más.
Por ello la presidencia de Chávez comienza polarizando pero no politizando a los jóvenes en desarrollo. Muchos de ellos durante la adolescencia se manifestarán opuestos a la política. Inclusive, cuando se genera la explosión del movimiento estudiantil, varios eslóganes mostraban tal actitud. Resulta que esta juventud, la nuestra, se encuentra ante un escenario que no eligió ni mucho menos esperaba. Herederos de la antipolítica de nuestros padres, por convicción y por empuje ajeno, nos vimos sumergidos en las vicisitudes del avance antidemocrático y destructivo que desde 1999 se ha intentado llevar adelante.
Educados de la mejor manera posible, entramos a colegios, liceos, institutos universitarios, etc., con la convicción de que estudiar nos hacía personas. Pero el avance destructivo de las políticas gubernamentales, más la pérdida de confianza en el futuro del país empujó a muchos jóvenes hacia estudios de carreras cuya demanda terminó siendo muy baja a la larga. Las políticas gubernamentales se encargaron de garantizar el empleo, pero dentro del Estado. Cualquiera puede trabajar en él, es el primer empleador, pero para ello hay que llenar una serie de requisitos no referidos al profesionalismo. La cuestión se había vuelto política, aunque no lo quisiéramos.
Con partidos políticos altamente golpeados, desarticulados y desacreditados, los estudiantes de varias universidades del país asumieron el liderazgo (por voluntad propia o ajena) de la imagen opositora al proyecto oficialista. Pero como se ha mencionado antes, esto era un retorno a lo político en parte obligado. He aquí el punto crucial de lo que vivimos hoy. El estudiante universitario abocado a la política, no todos, habita un entorno que le promueve una relación odio-amor con el poder político del país.
Comienza con odio, porque vivimos nuestra infancia y parte de la adolescencia bajo el discurso antipolítico de padres y abuelos desencantados, termina siendo amor porque internalizamos el otro discurso en el que somos los actores de transformación por excelencia y en el que se nos presenta como el único ingrediente necesario para que las cosas vayan bien. Lo joven, lo nuevo, es puro, inmaculado; es lo que le hace falta al país. Y los jóvenes compramos el discurso.
Dentro de las universidades, no sólo el discurso actúa, sino que se ve reforzado por la reactivación de la política universitaria frente a los intentos (y logros) por invadir un espacio que siempre se consideró como privilegio de los universitarios (y que otros en el poder nacional quieren obtener para sí, los suyos y su proyecto). El universitario metido en política vive de la magia electoral, cada año es una nueva oportunidad para catapultarse al reconocimiento y el bienestar. Siendo objetivos, la élite política universitaria es la más beneficiada de todas las élites en las universidades.
Así, se crea un grupo particularmente especializado en lo que a planeación e implementación de estrategias políticas se refiere. Pero la universidad no es el país, así que tarde o temprano los estudiantes-políticos deben salir de ella (titulados o no). Este grupo es absorbido por los partidos antes o después de partir de la universidad. Y el proceso político a lo interno se constituye en una plataforma, intencional o no, para proyectar futuros liderazgos.
Carentes de una sólida formación ideológica a raíz de la debacle de los partidos, y el desinterés de sus padres por la política, los primeros momentos de la generación actual fueron los de niños hiperactivos que luego comen demasiada azúcar. A través de aciertos y errores se aprendieron algunas cosas, pero eso no era lo fundamental. El joven universitario (y las jóvenes por igual), parece adolecer de una cierta infatuación por el poder. El poder como símbolo, pero también como praxis.
Sucede que este enamoramiento con el ejercicio del poder no necesariamente implica enamoramiento con la responsabilidad pública. Por supuesto, hay casos y casos de jóvenes abocados al ejercicio responsable del poder. Pero nos interesa particularmente la imagen que se creó, consciente e inconscientemente, alrededor del tema de la función pública. Y es que lo que caracteriza al joven interesado en política de hoy es que, parecidos a sus abuelos, ven la política con romance desde el punto aspiracional; asimismo, diferente a cualquier otra generación precedente, aspiran generalmente a hacer una carrera política dentro del Estado, con la convicción de que representan el cambio necesario y garantizado hacia algo mejor.
El Estado ha obrado su parte. Con su brega contra los sectores ajenos ha transformado nuestra economía cada vez más en lo que podemos llamar una “economía sin fines de lucro”, donde la respuesta más fácil es la creación de una fundación o asociación civil que encuentre financiamiento y le permita al joven profesional, graduado en alguna carrera promovida por el sistema educativo para la clase dirigente, encontrar un trabajo acorde a su interés social…el resto, a la administración pública en pro o contra del ejecutivo, pero a fin de cuentas en el sistema estatal.
Con cerca de un tercio del empleo dependiendo mediata o inmediatamente del Estado, con tendencia a la alza, y la progresiva destrucción de las empresas formales del país, podemos comenzar a concluir con que apenas se está observando los inicios del incremento de la demanda artificial por profesionales en carreras afines a la función gubernamental o sin fines de lucro. Esta demanda artificial solo puede generar un crecimiento en los empleos públicos cuya productividad, e incluso razón de existir, son bastante dudosas o insignificantes.
Los estudiantes de hoy no han hecho más que seguir los patrones de conducta acordes a las necesidades que se han manifestado en el mercado laboral: se han abocado a formarse en carreras rentables políticamente. Esta intervención estatal excesiva va a detonar en un futuro relativamente intermedio. Pero la confianza ciega que se ve, en muchos dirigentes jóvenes, acerca del futuro permite poner en duda lo que veremos en los próximos años. Pareciera ser que la noche de fiesta no va a acabar pronto. Muchos, enamorados del poder simbólico y concreto del que se han visto envueltos, no se preocupan de profundizar en la gravedad de lo que se avecina, confiando casi exclusivamente en el futuro gobernado por jóvenes.
En este sentido puedo concluir diciendo que nuestra generación surge de un contexto único, similar en aspectos a otros pero finalmente inigualables, en síntesis somos sociológicamente distintos. Venimos del rechazo y creemos dirigirnos a la Venezuela que nuestros abuelos saborearon pero no sostuvieron, solo que esta vez, embriagados del éxito, reconocimiento y admiración de coetáneos y predecesores, pensamos que la historia no se repetirá: que al Estado le falta nuestra buena intencionalidad y gerencia para que todo marche bien…para ello, en última instancia, únicamente hace falta alcanzar el poder.
Nassin Castillo
@nassincastillo

